Cuando una persona queda expuesta a una explosión de fuego directo, el calor extremo provoca quemaduras de tercer grado, las más graves que puede sufrir el cuerpo. En este nivel de lesión, la piel no solo se enrojece, sino que queda destruida por completo, afectando músculos, nervios e incluso huesos.
Por eso, las víctimas pueden lucir con la piel carbonizada, blanca o en carne viva. Además, como las terminaciones nerviosas se destruyen, en ocasiones ni siquiera sienten dolor en la zona afectada. El daño no es solo visible: al perder la piel, el cuerpo queda expuesto a infecciones mortales, pérdida de líquidos y riesgo de shock.
Muchos sobrevivientes requieren injertos de piel, cirugías reconstructivas y meses de cuidados intensivos. Esto explica por qué, tras la explosión de la pipa, las víctimas presentaron este aspecto tan impactante: no son simples quemaduras, sino lesiones profundas que ponen en riesgo la vida.
CON INFORMACIÓN DE JACOBO FLORES