Mucho antes de que el agua potable llegara a los hogares a través de las tuberías, existía en Aguascalientes un oficio esencial para la vida diaria: el de los aguadores, quienes se encargaban de llevar el líquido vital desde las fuentes públicas o manantiales hasta las casas de quienes lo solicitaban.
El historiador José Ciro Báez explica que estos trabajadores cargaban cántaros de barro o botes de lámina —uno a cada lado del cuerpo— para transportar el agua.
“Esos aguadores hacían la entrega de agua de las fuentes públicas a la casa donde les solicitaban”, explicó.Había dos tipos de agua disponibles: la de uso doméstico, que se obtenía de pilas públicas dentro de la ciudad, y el agua potable, conocida popularmente como agua zarca, que provenía de manantiales como Los Negritos o San Luis Valles. Esta última tenía un costo mayor debido a la distancia y el esfuerzo implicado en su transporte.
“Era más barato lo que era de las fuentes a las casas, y de los mantiles era un poco más caro porque estaban más retirados”, añadió el historiador.Algunas de las pilas más reconocidas en aquel entonces eran la fuente del Encino, que aún conserva marcas donde se apoyaban los cántaros, y la pila del Obrador, ubicada en el cruce de José María Chávez y Rayón.
Con el paso del tiempo y la llegada del sistema de agua entubada, así como la comercialización del agua embotellada en el siglo XX, el oficio del aguador fue desapareciendo gradualmente hasta quedar únicamente en la memoria colectiva y en los relatos de cronistas e historiadores locales.













