El olfato está estrechamente conectado con el sistema límbico, la zona del cerebro que regula emociones y recuerdos. Por eso, los olores de la infancia quedan grabados con tanta fuerza en nuestra memoria emocional. Un simple aroma a pan recién horneado, a tierra mojada o a una loción puede transportarnos décadas atrás, evocando momentos que creíamos olvidados. Los psicólogos señalan que esta conexión olfativa puede influir en nuestro estado de ánimo y en la forma en que enfrentamos el presente.














