La sucesión del Dalai Lama sigue un proceso ancestral en el que altos lamas tibetanos interpretan señales naturales, consultan oráculos y realizan pruebas simbólicas para identificar al tulku, o reencarnación. El proceso culmina con la selección ritual a través de la urna dorada, introducida en el siglo XVIII. Tras su elección, el niño es llevado a un monasterio donde comienza su formación espiritual. La tradición se mantiene vigente pese a presiones políticas, defendida por la comunidad tibetana como legítima y esencial.