Aunque no siempre se reconoce, sus efectos pueden ser profundos. Algunas señales de alerta incluyen irritabilidad, falta de interés en juegos físicos, dificultad para concentrarse, cambios en el sueño, dolores de cabeza frecuentes y rechazo a actividades que antes disfrutaban. El cerebro infantil, aún en desarrollo, se sobreestimula y pierde capacidad de autorregulación.
Especialistas advierten que la exposición prolongada a dispositivos puede afectar la atención, el estado de ánimo y la tolerancia a la frustración. No se trata de prohibir la tecnología, sino de equilibrarla.
Reducir tiempos de pantalla, fomentar el juego libre, el descanso visual y la convivencia familiar ayuda a prevenir el burnout digital y proteger la salud mental infantil.
CON INFORMACIÓN DE JACOBO FLORES
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