Cuando bajan las temperaturas, el cuerpo humano entra en modo de adaptación. Los vasos sanguíneos se contraen para conservar el calor, lo que puede provocar que las manos y pies se sientan más fríos. Además, el metabolismo aumenta ligeramente para mantener la temperatura corporal estable.
También se eleva el apetito, ya que el cuerpo demanda más energía para generar calor, y muchas personas sienten más sueño debido a la reducción de la luz solar, que afecta la producción de melatonina. Incluso la piel puede resecarse más por la pérdida de humedad en el ambiente.
Estos cambios son naturales y temporales, pero para mantener el equilibrio es importante hidratarse bien, comer alimentos ricos en vitaminas y exponerse a la luz natural siempre que sea posible. Así, el cuerpo enfrenta mejor los retos de la temporada invernal.
CON INFORMACIÓN DE JACOBO FLORES
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