Uno de los principales es la necesidad de validación: los “likes”, comentarios y seguidores activan el sistema de recompensa del cerebro, generando una sensación momentánea de aprobación que refuerza la conducta de mostrar solo lo positivo, incluso exagerarlo.
También influye la comparación social. Al ver constantemente vidas aparentemente exitosas, felices y perfectas, muchas personas sienten presión por no quedarse atrás. Esto las lleva a construir una versión editada de sí mismas, ocultando problemas, rutinas reales o emociones negativas. Además, las redes funcionan como un escenario de identidad, donde se puede controlar qué se muestra y qué no, creando una narrativa más atractiva que la vida cotidiana.
Por último, está el miedo al juicio y al rechazo. Mostrar vulnerabilidad sigue siendo difícil en entornos digitales donde todo queda expuesto. Por eso, aparentar otra vida se convierte en una forma de protección emocional, aunque a largo plazo pueda generar ansiedad, agotamiento y una desconexión entre lo que se muestra y lo que realmente se vive.
CON INFORMACIÓN DE JACOBO FLORES
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