De acuerdo con la Universidad de Harvard, el cerebro necesita aproximadamente 20 minutos para recibir la señal de que el cuerpo ya ha ingerido suficiente alimento. Cuando una persona come con demasiada prisa, esa señal llega tarde.
Esto provoca que se consuma más comida de la necesaria, generando sensación de pesadez, digestiones lentas y fatiga posterior. Además, el sistema digestivo se ve sobrecargado, lo que puede provocar inflamación y malestar abdominal.
Comer rápido también limita la correcta liberación de hormonas relacionadas con la saciedad, como la leptina. A largo plazo, este hábito puede afectar el control del peso y los niveles de energía diaria. Comer despacio permite una mejor comunicación entre el cerebro y el sistema digestivo, favoreciendo una digestión eficiente y una sensación de bienestar general.
CON INFORMACIÓN DE JACOBO FLORES
5 nutrientes clave para combatir la fatiga y mejorar la energía diaria según Harvard