Durante un ataque de pánico, la amígdala cerebral activa una respuesta de alarma ante una amenaza percibida, según explica el Instituto Nacional de Salud Mental. Este proceso provoca la liberación de hormonas como la adrenalina, lo que genera aumento del ritmo cardíaco, respiración acelerada, sudoración y sensación de peligro inminente. Aunque los síntomas pueden resultar intensos y alarmantes, en la mayoría de los casos no representan un riesgo físico inmediato. Especialistas señalan que la terapia psicológica es una herramienta efectiva para disminuir la frecuencia e intensidad de estos episodios.