El desorden físico no solo afecta el entorno, también impacta directamente en la mente. Desde la psicología, se explica que un espacio saturado de objetos y pendientes mantiene al cerebro en un estado continuo de alerta, interpretando cada elemento fuera de lugar como una tarea inconclusa. Esta carga mental constante puede derivar en estrés, irritabilidad y problemas de concentración. A largo plazo, el desorden físico refuerza el desorden mental y la sensación de falta de control. Organizar el entorno se presenta como una herramienta clave para recuperar claridad emocional y bienestar psicológico.