Neurocientíficos señalan que el sabor de la comida está íntimamente ligado a la memoria y a las emociones. Los platos preparados por mamá suelen asociarse con experiencias de la infancia, momentos de cuidado y seguridad emocional.
Al comerlos, el cerebro activa el sistema límbico y libera dopamina, lo que intensifica la sensación de placer. Además, estudios en gastronomía revelan que la percepción del sabor se ve influido por el contexto: el olor de la casa, la compañía familiar y la repetición de recetas a lo largo de los años hacen que esos sabores se graben como “únicos”.
No se trata solo de ingredientes o técnica, sino del vínculo emocional que convierte al sazón de mamá en un recuerdo imborrable que difícilmente se puede igualar.
CON INFORMACIÓN DE JACOBO FLORES
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